No les pienso aguar la fiesta
Artemisia y Nefertiti comparten un secreto: Artemisia Gentileschi, a comienzos del siglo XX amante del arqueólogo Howard Carter, nos desvela que la máscara encontrada en la tumba KV 62 no corresponde al rostro de Tutankamon, sino al de Nefertiti, la misteriosa e inmortal faraona.
“No les pienso aguar la fiesta….pero me da que se equivocaron de faraón. El faraón es faraona. Desvelar ese misterio no es mi tema, en este asunto no me implicaré yo.
Lo siento por Howard. Tan educado, tan fino él, tan señor, tan caballeroso…...tan impaciente.
Debió esperarme esa noche. Debió dejar correr los minutos antes de retirarse a su triste camastro castrense, al pié de la excavación. Debió dejarse seducir por el calor suave de la noche tebana y mirar al cielo: quizá hubiera visto signos inequívocos de la fortuna aciaga que le esperaba, camuflada en maravilloso descubrimiento.
¡Qué no! ¡Qué no! ¡Qué sé bien de lo que hablo! ¡Te equivocas muchacho, de parte a parte! ¡Él es ella! ¡Ella no es él! ¿Qué por qué sé yo todo esto?
Me llamo Artemisia Gentileschi. Llevo sufriendo los delirios humanos casi trescientos años (no busquéis mi tumba en Nápoles, no la vais a encontrar, de semejante embuste no quedan más que reseñas tramposas bien útiles para mi propósito de pasar desapercibida…) y Howard Carter es mi último amante. Quizás el más interesante.
Tiene – a diferencia de la mayoría- cerebro, y sensibilidad en el trato con las damas…y un no sé qué, tan romántico y racional al mismo tiempo, que lo hace, simplemente, irresistible. En la cama no es gran cosa, pero ya estoy saciada de esos fuegos, Goya me dejó satisfecha para los restos…pero eso es otra historia.
A lo que ibamos: no les voy a aguar la fiesta, pero se equivocan. Esa tumba, de momento, está maldita –yo no la abriría- pero aún hay mas: la máscara oculta un doble crimen.
Todos pensarán que el joven faraón Tutankamon es el dueño del rostro que la espléndida máscara representa. Se equivocan. Tutankamon está ahí, embalsamado, reconstruido, oculta su muerte, casi profanado, pero la máscara es de otra persona que bien me amó en Roma.
En Roma… ¡oh inmortal y lasciva Roma! , en Roma yo era la pintora del escándalo. La musa de goliardos y borrachos, la esclava de mi padre, y después de mi marido que tanto me ha quitado. Yo era la puta de mi marido, yo era su sierva, sus manos, su cabeza, su talento, la que oculta pintaba para que él pudiera nutrirse de mi trabajo... hasta que llegó ella y me despertó, hasta que supe que inmortales son las obras de los dioses y de las mujeres que a los dioses burlan, que a la muerte engañan.
En Roma la encontré, era de una rara belleza mestiza, era menuda, esbelta, de ojos embaucadores, almendrados, de tez morena, senos perfectos como manzanas de la Toscana.
Buscaba una modelo para Cleopatra y encontré a una diosa egipcia, a la compañera amada de Akenathon, a Nefertiti que inmortal vagaba por el Trastevere buscando un hombre que le permitiera pasar de nuevo desapercibida, pues su anterior protector había fallecido asesinado por un sicario de Cosme II de Medicis, dicen que ella no soportaba al príncipe y el príncipe, en manos de otros verla, no soportaba.
Y ahí la encontré, atenta al mundo, atenta al gentío que iba y venía, atenta pero discreta, misteriosa, vulnerable, pues era la primera vez en mil años que no tenía un poderoso sirviente que sus caprichos cumpliera.
Y ahí yo vi la oportunidad de abordarla: bella, apropiada para ser modelo que me permitiese retratar a Cleopatra en esa retorcida alegoría erótica y religiosa, mortal y pagana sobre el amor más allá de la muerte, sobre el tránsito de una vida a otra, sobre el goce carnal que prefigura otros goces que sólo los iniciados alcanzan.
Me acerqué a ella, sus ojos de gacela, su instinto de diosa, percibieron en mi una compañera, mortal todavía, una igual con la que transitar el tiempo, sin necesitar de más torpes varones que sucumben al hierro, al veneno, al sexo, al aburrimiento, al miedo , al amor – si también al amor- y a la parca.
Creí por un instante ser yo quien la iniciativa llevaba. La conduje a mi casa, la alimenté y vestí con las mejores galas que tenía, puse música en sus oídos, canté para ella, le conté mil historias, y la invité a que las interpretara: ora era una ninfa, ora era Cleopatra transida de dolor por el desdén, invadida por el letargo tras ser mordida por el áspid, en arrobo místico y gozoso dejándose caer en la placentera dormición que a otra vida más plena le traslada.
Bella, bellísima. Pero más aun cuando me reveló quien en verdad era, y qué secreto guardaba.
Hoy tras ese día no recuerdo otro más feliz. Inmortales ya ambas, fuimos amantes, amigas, hermanas….durante casi doscientos años.
Un día en Bucarest huyó de mí: engatusó a un príncipe otomano y ahora reside con un sobrino – nieto de aquel en Estambul.
Yo no podía volver a Nápoles, muerta en Nápoles estaba. No podía volver a Roma: Roma estaba muerta para mí. Así que me embarqué hacia Alejandría, después remonté el Nilo y desde hace años en Tebas contemplo el tiempo pasar.
Los hombres se han matado hace poco en una salvaje guerra, y este inglés tiene en su rostro todavía la curiosidad de un niño: el horror en él no ha hecho mella.
No querido Howard, no mi adnegadísimo míster Howard Carter: pide a Lord Carnarvon que financie tu búsqueda de la tumba de Alejandro Magno, quizá - lo dudo- tengas mejor suerte, pero no te empeñes: esa máscara no es la de Tutankamon. Es el rostro de Nefertiti, mi diosa amada, Tutankamon no era tan bello, lo sé de muy buena fuente.
Raúl Sanchez Alegría
16/11/2020
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