El camino al éxito puede ser muy extraño

 

    Nada hacía suponer que aquel joven de 19 años, demacrado por una subnutrición galopante y centenares de cigarrillos, que aquel proyecto fallido de atleta, aquel proyecto fallido de nadador, la vergüenza del YMCA, el ojito derecho de mamá….podría ser un icono de la transgresión, un dios pagano y salvaje del lado oscuro de la vida con la sola ayuda de una cámara Polaroid, primero, y una Hasselblad después. 

    Camino del éxito, camino de la autodestrucción, digiriendo a toda prisa los estímulos de la Gran Manzana, en un mundo que comenzaba a vislumbrar paraísos psicotrópicos y hedonistas, Robert jugaba a ser un matón, un pandillero, un ángel justiciero, un impostor…él quería dinero, quería sexo, quería fama, quería destacar, salir del lodazal de su barrio de anodinas casas baratas y codearse con la flor y nata de la alta sociedad de Manhattan. 

    La oportunidad de aprender algo, de absorber alguna idea y re inventarla, de forrarse antes de llegar a los 23, antes de perder la belleza, era colarse en aquella exposición que el MOMA dedicaba a la obra de un hombrecillo ridículo europeo, un personaje salido de una comedieta Maurice Chevalier ó de una de esas estúpidas noveluchas inglesas de detectives que con afectación leía su mamá entre cigarro y cigarro. Ese extranjero, ese belga con aspecto de afable bon vivant, ese ser que externamente representaba la quinta esencia de la vulgaridad burguesa, ese, era René Magritte, el agente agitador más letal del surrealismo. 

    Era el día de puertas abiertas. La inauguración y el pase privado para autoridades y celebridades de alta sociedad neoyorkina había sido un acontecimiento mundial. El universo artístico y cultural se plegaba a este hombre de apariencia anodina, a este francotirador implacable que, apostado en un aspecto aceptable, en una vida rutinaria, en un buscado aburrimiento existencial, disparaba contra la base, contra el cerebro y contra el alma de una sociedad racional, burguesa, capitalista y mojigata. Sus disparos eran certeros. No dejaba títere con cabeza y esto a Robert, al futuro Mapplethorpe, le encantaba. 

    Ante el cuadro denominado “El espejo falso” sintió la llamada a renegar de un dios hipócrita que santificaba pecadores y encubría pederastas. Que alimentaba sus sentimientos de culpa y le ofrecía un camino de ortigas llamado redención. 

    Robert recordó aquel campamento del YMCA, donde los jóvenes católicos americanos eran llamados a perfeccionar su fe y su capacidad de entrega, y como aquella penitencia le inició en los paganos misterios del placer y el dolor. 

    Los personajes de “Asesino amenazado” le traían el regusto ácido de la violencia arbitraria y extrema: era divertido dar garrotazos y encajar puñetazos tenía “un no sé qué” turbador…. 

    Pero el cuadro que dejó noqueada su sensibilidad, que supuso una epifanía sexual brutal fue “Los amantes”. Dos personajes, dos maniquís apenas, uno femenino y otro masculino, impecablemente vestidos, se besaban con desesperación ciega a través de dos capuchas-sábanas albas en una anodina habitación bicolor a la que no le faltaba ni la respetable cornisa de escayola. 

    Amor y deseo sublimados, reprimidos. Rostros hurtados a la mirada de los espectadores, acusación implícita de voyeurismo a estos, patada a la sociedad bien pensante: ellos no tienen rostro, pues ellos son todos, ellos muestran los sentimientos y las ansias coaccionados por un orden donde todo debe cuadrar. 

    Robert se identifica con ese cuadro, Robert comprende inmediatamente a ese pintor de bombín y aspecto detectivesco. Entiende su astucia de zorro: se ha colado en el gallinero y despluma a las gallinas con total elegancia, les arranca el dinero, les arranca el reconocimiento, les arranca confesiones vergonzantes: “Si, me identifico” “¡Oh! ¡Es tan real!” “¡Soberbio, conmovedor!”, la élite del cacareo corona en nuevo dios de la pintura moderna a un publicista, a un impostor, a un superviviente de las grandes guerras, a un europeo decadente y práctico. 

    Robert comprende a René. Mapplethorpe recoge la enseñanza de Magritte: el mundo desea ser tutelado por falsos espejos, el mundo necesita asesinos amenazados, y amantes velados que colmen pasiones inconfesables… y den buenos dólares


                                                                                                                                  Raúl Sanchez Alegría

15 septiembre 2020

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