Facta, no verba
Howard Hughes, Victor Fleming y Mary Pickford realizan un viaje iniciativo al Reino de Gandhara tras las huellas de su amigo Thomas Edward Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia
“Hemos hecho muchas tonterías, quizás demasiadas.
El aire es helador a 18.000 pies, el motor Falcón III de 275 cv no da más y a duras penas alcanza las 90 mph. Jamás llegaremos a Peshawar. Nos estrellaremos en un lugar indeterminado y nuestros restos formaran parte de la leyenda, como el reino de Gandhara.
Ella jamás pudo haber llegado aquí. Ella jamás podría rebasar el paso Khyber en invierno.
De Kabul a Peshawar: 175 millas terrestres plagadas de peligro. Desde Alejandro Magno, las 25 millas de este estrecho paso, que une Asía Central con el subcontinente indio, han sido regadas con abundante sangre de viajeros, contrabandistas , soldados, peregrinos … locos como nosotros que buscaban fortuna, nueva vida , sueños, eternidad y encontraron la muerte.
Ella pudo quedarse en Jalalabad comiendo naranjas, dibujando atardeceres mágicos en los jardines y huertos donde crecen hermosos frutales, gozando del perfume de limoneros, pomelos y toronjas, disfrutando de la hospitalidad pastún…pero no: tenía que recorrer en motocicleta la ruta más peligrosa del mundo.
En lugar de quedarse plácidamente a orillas del rio Kabul contemplando un civilizado partido de criquet, tenía que emular a nuestro querido Lawrence en su búsqueda del nirvana y la iluminación.
Ella desconocía que nuestro intrépido e idealista amigo languidecía soñando volar como un pájaro libre, mientras dibujaba mapas y mandaba memorándums absurdos a sus superiores en Londres desde la remota base aérea de Miranshah, capital de Waziristan del Norte.
Mas tarde, el pobre Lawrence a lomos de una Broungh Superior SS100, encontraría la muerte en 1935 en Wareham. Pero eso es otra historia.
En el paso de Khyder ella, conduciendo una ligera Royal Enfiel Ladies 225cc, pretendía seguir los pasos de nuestro atormentado amigo y llegar a la iluminación.
El viento en la cara abre el espíritu y hace que las cosas sean contempladas de modo diferente: aquella carretera no era una carretera, era un camino de iniciación.
No debió circular por esa carretera estando las cosas tan revueltas: un país despertaba de su letargo y Amanulà Khan, rey del nuevo Afganistán, “le ponía alas” gracias a los cazas donados en 1921 por los soviéticos. Pero la gracia está en saltarse los límites. Todos los límites. La gracia está en osar.
“Per ardua ad astra” -“A través de la dificultad hacia las estrellas- dice el lema de la RAF. El del 20º escuadrón, el de nuestro común amigo Lawrence, “Facta no verba”: “Hechos, no palabras”.
Ella voló hacia las estrellas, arriesgó algo más que la vida, quizá el alma, tan sólo por el placer de hacerlo.
Llevo una vida persiguiendo esa iluminación, creí encontrarla cuando corría en carreras salvajes de bólidos, cuando diseñé mi primer avión a los diecinueve años y lo hice volar, cuando, gracias a Mary Pickford, dirigí junto al viejo Cecil B. de Mille y conocí a mi compadre Víctor Fleming…
Pero en 1925 me aburrí del mundo: Hollywood comenzaba a convertirse en una picadora de carne ávida de chicas jóvenes, de jóvenes talentos que estrujar, de bellos muchachos con los que rodar patrañas inofensivas que, por un nickel, hicieran soñar a los esclavos modernos ,
Cuando Mary me propuso viajar a la Frontera Noroeste, yo pensé en la inmensidad de Alaska, nunca en la India Británica.
Ella deseaba encontrar en esos remotos lugares la iluminación de Buda, de Alejandro Magno, de Babar el Mogol, de su amado Lawrence. Realizaría su peregrinaje místico en motocicleta, para mejor sentir el aire y el polvo de la ruta. Nosotros seríamos sus guardianes desde el cielo.
Ella jamás rebasó las 25 millas del paso Khyber…
Y nosotros: Víctor y Howard, los señores Fleming y Hughes en el star- system de Hollywood, testigos impotentes de su locura – y la nuestra- estamos a 18000 pies, en un lugar indeterminado del mítico reino de Gandhara, sin apenas combustible, cercanos al nirvana, a punto de estrellarnos.”
Raúl Sánchez Alegría
16 de diciembre de 2020
RELATO
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